Picaflores

Nadie lo ve volar. Nadie ve ese destello fugaz que atraviesa el aire tibio de marzo como un dardo arrojadizo, antojadizo, inevitable. Nadie lo ve cuando esquiva las ramas. Cuando se eleva como un deseo fulminante. Como un pájaro integro, así va. Como si de sus alas dependiera que las cosas más sólidas del mundo, no se desvanezcan en el aire. Así va. Así se precipita hacia el cielo. Sube, suave, frágil. Nadie lo ve subir. Nadie lo ve, pero ahí está.  “Suerte de Colibrí” de Germán Machad

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